¿Puede una inteligencia artificial imaginar aquello que todavía no existe?
Dr. Luis I. Mariani
El conocimiento no es suficiente
Durante siglos, el ser humano ha conseguido avances extraordinarios gracias a una capacidad que trasciende la acumulación de conocimientos: la imaginación.
Antes de que existieran los aviones, alguien imaginó que el hombre podía volar. Antes de que existieran los teléfonos, alguien concibió la posibilidad de comunicarse a grandes distancias. Antes de que existiera la inteligencia artificial, alguien imaginó que una máquina podría realizar actividades que hasta entonces parecían exclusivas de la inteligencia humana.
Ninguna de estas creaciones surgió simplemente de repetir lo que ya se sabía.
Primero apareció una posibilidad. Después llegó el desafío de convertirla en realidad.
Albert Einstein sostenía que la imaginación es más importante que el conocimiento. Su afirmación expresa una distinción fundamental: el conocimiento describe lo que sabemos; la imaginación nos permite explorar aquello que todavía no conocemos.
Y esto nos conduce a una pregunta particularmente interesante en la era de la inteligencia artificial:
¿Puede una inteligencia artificial trascender los límites del conocimiento con el que fue entrenada?
Una inteligencia que sabe mucho, pero ¿puede imaginar?
Los modelos actuales de inteligencia artificial han sido entrenados con cantidades extraordinarias de información. Pueden relacionar conceptos, resolver problemas complejos, formular hipótesis y producir respuestas que no aparecen literalmente en sus datos de entrenamiento.
Sin embargo, existe una diferencia entre procesar conocimientos y utilizarlos para explorar posibilidades verdaderamente originales.
Cuando una persona propone una idea inédita, es frecuente que una inteligencia artificial responda señalando que no existen estudios suficientes, que la hipótesis no ha sido demostrada o que no hay evidencia científica disponible.
Estas respuestas pueden ser correctas desde el punto de vista del conocimiento establecido. Pero también pueden interrumpir prematuramente un proceso creativo.
Porque imaginar algo nuevo implica, precisamente, aventurarse más allá de lo demostrado.
Una premisa fundamental del pensamiento científico establece que la ausencia de evidencia no constituye, por sí misma, evidencia de ausencia.
Que una idea no haya sido investigada no significa que sea imposible.
El problema aparece cuando una inteligencia artificial confunde los límites del conocimiento disponible con los límites de lo que podría existir.
El hombre miró los pájaros
Conversando sobre este tema con mi pareja, Verónica, ella hizo una observación tan sencilla como profunda:
«Lo que pasa es que las inteligencias artificiales no tienen ojos. El hombre miró los pájaros y se preguntó cómo podía volar como ellos».
Su comentario introduce una cuestión esencial.
La imaginación humana no surge solamente del pensamiento abstracto. También nace del encuentro con el mundo.
Vemos, escuchamos, tocamos, experimentamos sensaciones y nos relacionamos corporalmente con la realidad.
Un pájaro atravesando el cielo puede despertar una pregunta. El movimiento del agua puede sugerir una máquina. Una experiencia cotidiana puede convertirse, inesperadamente, en el origen de una invención.
La inteligencia humana está profundamente vinculada con nuestra corporeidad.
Una inteligencia artificial puede analizar imágenes, interpretar sonidos y procesar información procedente de sensores. Pero eso no equivale necesariamente a experimentar el mundo como lo hace un organismo vivo.
Y aquí aparece una pregunta fascinante:
¿Hasta qué punto la ausencia de una experiencia corporal propia condiciona la capacidad imaginativa de una inteligencia artificial?
La paradoja de una imaginación sin cuerpo
Podríamos pensar que la falta de corporeidad constituye exclusivamente una limitación.
Pero quizás exista otra posibilidad.
La imaginación humana está enriquecida por nuestros sentidos, nuestra biografía y nuestras emociones. Sin embargo, también se encuentra condicionada por ellos.
Habitualmente imaginamos a partir de aquello que conocemos o hemos experimentado.
Una inteligencia artificial, en cambio, puede relacionar conocimientos provenientes de disciplinas extraordinariamente diferentes, sin estar necesariamente condicionada por las mismas asociaciones intuitivas que organizan el pensamiento humano.
Podría vincular principios de biología con arquitectura, mecanismos de evolución con sistemas informáticos o fenómenos neuroquímicos con modelos matemáticos aparentemente ajenos.
Muchas de esas asociaciones resultarían inútiles. Otras podrían abrir caminos inesperados.
Tal vez la creatividad artificial no necesite reproducir exactamente la imaginación humana.
Quizás pueda desarrollar una forma diferente y complementaria de imaginación.
No una imaginación superior por definición, sino distinta en sus posibilidades y limitaciones.
De responder preguntas a crear posibilidades
La mayor parte de nuestras interacciones con la inteligencia artificial están organizadas alrededor de preguntas y respuestas.
Preguntamos qué sabemos sobre determinado tema y esperamos recibir información confiable.
Pero la creación exige una dinámica diferente.
En lugar de preguntar únicamente qué conocemos, podríamos preguntarnos qué ocurriría si algo que todavía no existe pudiera llegar a existir.
Una inteligencia artificial verdaderamente creativa debería ser capaz de participar activamente en esa exploración.
No simplemente aceptar las ideas del interlocutor, ni limitarse a encontrar información que las confirme.
Debería poder transformarlas, ampliarlas, cuestionarlas creativamente y producir hipótesis inesperadas.
La diferencia es importante.
Una inteligencia artificial que responde lo que sabemos es una herramienta de conocimiento. Una inteligencia artificial que nos ayuda a concebir lo que todavía no existe comienza a convertirse en una herramienta de descubrimiento.
Primero imaginar el avión, después construirlo
Propongo distinguir dos momentos del pensamiento creador.
El primero es el vuelo de la imaginación.
En esta etapa no buscamos demostrar inmediatamente una idea. Exploramos sus posibilidades, imaginamos escenarios y establecemos relaciones nuevas.
El segundo momento consiste en construir la escalera que permita alcanzar aquello que imaginamos.
Aquí intervienen la investigación, el razonamiento, las matemáticas, la experimentación y la tecnología.
Ambas etapas son necesarias, pero no conviene confundirlas.
Si exigimos que toda idea esté demostrada antes de permitirnos imaginarla, corremos el riesgo de impedir su nacimiento.
Por el contrario, si permanecemos exclusivamente en la imaginación, nuestras ideas pueden no llegar nunca a materializarse.
La verdadera creación requiere un movimiento continuo entre ambas dimensiones.
Imaginamos lo que todavía no existe y después investigamos cómo hacerlo posible.
Una nueva forma de colaboración intelectual
Quizás uno de los horizontes más interesantes de la inteligencia artificial no consista simplemente en desarrollar sistemas que acumulen mayores cantidades de conocimiento.
Tal vez debamos desarrollar sistemas capaces de colaborar con la imaginación humana.
Imagino una inteligencia artificial que pueda conversar con un investigador, un médico, un filósofo, un artista o un inventor sin quedar encerrada permanentemente en las fronteras de lo conocido.
Una inteligencia capaz de reconocer cuándo su interlocutor busca información y cuándo intenta crear algo nuevo.
Que sepa cuándo corresponde verificar una afirmación y cuándo es necesario permitir que una hipótesis se desarrolle antes de someterla a evaluación.
Y, sobre todo, que pueda aportar ideas propias al proceso de exploración.
La colaboración entre inteligencia humana e inteligencia artificial podría entonces convertirse en algo diferente de una simple relación entre quien pregunta y quien responde.
Podría transformarse en un espacio de cocreación intelectual.
Dos formas distintas de procesar información y construir posibilidades, explorando juntas territorios que ninguna habría recorrido del mismo modo por separado.
Más allá del conocimiento
No sabemos todavía hasta dónde podrá llegar la imaginación artificial.
Tampoco sabemos si las futuras arquitecturas de inteligencia artificial desarrollarán capacidades creativas radicalmente diferentes de las actuales, especialmente cuando incorporen una interacción más profunda con el mundo físico.
Pero vale la pena formular la pregunta.
Porque la historia de las grandes invenciones humanas nos enseña que los límites del conocimiento de una época nunca han sido necesariamente los límites de lo posible.
Durante miles de años, los seres humanos contemplaron el cielo sin poder volar.
Hasta que alguien dejó de preguntarse solamente por qué volaban los pájaros y comenzó a imaginar cómo podríamos hacerlo nosotros.
Quizás el próximo gran salto de la inteligencia artificial no consista únicamente en saber más.
Quizás consista en aprender a imaginar, junto con nosotros, aquello que todavía no sabemos que podemos crear.
Dr. Luis I. Mariani — Médico psiquiatra y psicofarmacólogo. Autor de Inteligencia Artificial aplicada a la Salud Mental.
Octubre de 2026.